Consejos

Así fue como logramos una mejor alimentación en casa

Lo que empezó como tímidos cambios hoy se está convirtiendo en lo que define la organización de nuestras vidas.

Por: Jorge González S.

Uno de los placeres más grandes que compartimos los seres humanos es comer. Pero últimamente hay demasiadas personas frustradas con su alimentación, por cuestiones de salud o por el creciente empobrecimiento de las dietas en torno a cuatro o cinco ingredientes sin gusto que nos imponen las industrias.

Casi todo el tiempo mi esposa y yo, ambos comunicadores, tratamos de mantener este debate en la discreción del ámbito doméstico o máximo con nuestras amistades de mayor confianza. Pero ahora queremos relatar nuestra pequeña experiencia porque pensamos que tal vez sirva a otras personas.

Nuestro cambio empezó hace unos siete años, cuando a partir de vincularme laboralmente a una institución que monitoreaba el derecho a la alimentación fuimos accediendo a mucha información acerca del sistema de producción de alimentos mundial, marcado por lo rápido, azucarado, grasoso, uniforme, artificial, transgénico, químico y caracterizado porque sus alimentos viajan kilométricamente para llegar a destino.

Procesos químicos, paquetes innecesarios, ingredientes desconocidos

De a poco fuimos buscando más información y empezamos a comprar de vez en cuando del entonces único emprendimiento que entregaba hortalizas y frutas ecológicas en Asunción.

Leímos sobre agricultura ecológica y recordamos o entramos en conciencia que sólo durante los últimos 50 años la humanidad empezó a comer de la actual forma, y que millones de años antes se alimentó de una manera más local y saludable.

Hasta entonces la información que manejábamos bajaba a nuestras rutinas a través de acciones concretas bastante reducidas, por ejemplo rechazando ciertos alimentos o intentando comprar más de las canastas ecológicas.

La más chiquita que vino al mismo tiempo que el blog

Un segundo momento crucial fue cuando empezamos a interesarnos en las huertas urbanas hacia 2014 y empezamos a probar todo tipo de semillas en nuestra casa de alquiler en el barrio Sajonia. Ese año fue muy pedagógico porque logramos obtener tomates, locotes, albahacas y porotos, todo con la participación activa de nuestra hija mayor, que entonces tenía cuatro años. Y todo a partir de semillas obtenidas en casa.

A fin de ese 2014 en casa concebimos dos cosas: el blog Huertitas.com (que unió la comunicación y la huerta) y nuestra segunda hija.

Para nosotros el blog fue un espacio articulador, en torno a él empezamos a ordenar y sistematizar nuestras experiencias y de otra gente y además nos permitió mapear y entrar en contacto con actores que estaban en nuestro mismo proceso en distintos lugares de la cadena alimentaria.

Tomates de nuestra huerta

Poco tiempo después de hacer despegar el blog nos invitaron a un seminario sobre comunicación para hablar sobre el tema de cómo la información puede aportar a cambior la realidad. Sin dudar lo primero que dijimos entonces fue que los primeros en tener cambios a partir de la información que difundíamos fuimos nosotros mismos.

Entrar a la huerta e ir de la mano del blog significó nuestro paso de un nivel de sensibilización a otro de arremangarse y hacer, de conocer otros procesos similares y por sobre todo, manejar buena información de las entonces emergentes redes de comercialización de alimentos ecológicos y artesanales.

A partir de estos insumos, lo siguiente fue buscar nuestra conveniencia dentro del mercado ecológico y orgánico, que por ser diferencial a veces encontrás emprendimientos que te ofrecen productos a precios prohibitivos, pero también otros en los cuales comprás a mitad de precio de lo que costaría hacerlo en cualquiera de los supermercados y despensas de la ciudad.

Tomate guavirá creciendo en maceta

Una de las redes que entregaba canastas ecológicas nos llamaba la atención porque sus canastas cambiaban frecuentemente de contenido, porque estrictamente traían hortalizas y frutas de estación, entre las cuales venían alimentos que nosotros no teníamos incorporados en casa. También que se esmeraba en usar solamente telas, tarros de vidrio y papel de madera como envoltorio: no usaba un solo hule en su entrega.

Con esto empezamos a fijarnos más integralmente en la alimentación, tratando de reducir envoltorios innecesarios y tratar de entender que si en la canasta ecológica no vienen tomates es porque no es época de tomates y antes que seguir buscándolos en otro lugar, podemos comer otra cosa de temporada que lo puede reemplazar. O que tenemos que ser previsores y conservar tomates y guardarlos para cuando escasee.

De a poco nuestra manera de hacer las compras empezó a cambiar en casa, si antes comprábamos de los supermercados o despensas al día y sobre la hora de acuerdo a lo que faltaba, después empezamos a hacer compras semanales o quincenales ajustadas a los días de entrega o ferias de las redes ecológicas de Gran Asunción.

Cada quince vamos a la feria en la plaza

La base de nuestra compra alimentaria se centró en las redes y ferias y empezamos a comprar del súper solamente lo complementario o lo que no encontrábamos en el circuito ecológico (sal, café, harinas, granos, lácteos).

En un primer momento nos impulsaba la intención de hacer una mejor compra (mejor calidad de alimentos y menos gasto), pero muchas veces nos pasó que se echaron a perder las hortalizas: todavía nos faltaba saber más algunos manejos para procesarlas mejor y no dejar que las compras sean fruto del entusiasmo sino también de un menú semanal definido de antemano.

Empezamos a listar los menús que más o menos íbamos a comer durante los días que teníamos alimentos frescos, pero todavía no lográbamos salir del círculo del fideo, arroz, lácteos y harina, éstos ingredientes seguían siendo la base sobre la cual montábamos toda nuestra dieta, solo que ahora con más verduras adentro.

Tenemos poco espacio y poca tierra, pero adaptamos nuestros cultivos como podemos. A veces hay huerta, a veces no.

Cada vez que llegaba la hora de cocinar muchas veces era una especie de pesadilla, porque a pesar de tener buenas intenciones, ingredientes buenos y ganas de abrir nuestra dieta, no se nos ocurría nada nuevo. Habíamos crecido y educado nuestro hábito de alimentarnos de acuerdo a una dieta circular y repetitiva, y eso se había sedimentado como matriz mental. Escapar un poco de ella iba a demandar todavía algunas andanzas.

Para entonces dos de nuestros logros visibles habían sido una nueva forma de hacer las compras y lograr que la mayor parte de nuestra alimentación fuera lo que nosotros mismos cocinábamos en casa.

Y esto tiene mucho de logro de nuestra parte, porque hacíamos todo el proceso, comprar, procesar los alimentos, lavarlos, cortarlos, cocinarlos y lo más pesado de todo, dejar limpia la cocina y la casa después de todo.

Habíamos logrado llevar adelante un progresivo cambio de hábitos alimenticios sin descuidar nuestros trabajos y la atención de nuestras niñas. Este proceso, al contrario, lo veíamos como parte central de la crianza.

A veces tomamos cocido mandiví, para disminuir el consumo de lácteos

Obviamente hay días de sobrecarga laboral en que compramos la cena, pero de ciertos emprendimientos barriales que gozan de nuestra confianza. No obstante, La base sigue siendo lo que se cocina en la casa.

Y sobre la tirante relación entre vida laboral y cocinar en casa… hay que decir que vivimos en una sociedad donde el centro de la vida de las personas gira en torno al trabajo, la mayor de las veces al trabajo como empleado de alguien más.

En casa llegó un momento en que decidimos que no queríamos entregar la mayor parte de nuestro tiempo y nuestra vida, nuestras energías al jefe o jefa, sino a nuestras hijas, a nuestra casa, a nuestra huerta, a cocinarnos, a hornearnos el pan…

Y lo que hicimos fue ir probando nuevas fórmulas laborales, negociar en torno a horarios más favorables con ese jefe o jefa, renunciar a medio tiempo, combinar la economía dependiente con la de trabajador o trabajadora independiente. Este paso arriesgado lo hicimos en pleno embarazo de nuestra segunda hija.

Las chicas están compenetradas con el proceso: desde la semilla, hasta la cosecha y el consumo

Los resultados que logramos fueron alentadores, con las nuevas fórmulas laborales no solamente no nos descalabramos económicamente, sino que logramos mejorar nuestra economía y dedicamos nuestro tiempo a hacer cosas para nosotros y nosotras mismos.

Con esto además alimentamos una mirada nueva de lo laboral y fue aflorando en nuestras mentes una actitud de emprender en distintos ámbitos económicos, con distintas ideas, iniciativas y proyectos.

Hacemos galletitas en casa

Nuestro cambio de eje en la organización de vida fue clave, ahora sabíamos qué comprar, de dónde, habíamos ganado algunas recetas nuevas y por sobre todo teníamos más tiempo para cocinarnos.

Esa dinámica fue tonificada con una de las prácticas que más nos ayudó, que fue abrir todos nuestros sentidos a la mayor cantidad de recetas sueltas por el ambiente. En esto obviamente ayudaron la cantidad de páginas en internet con sus escritos y videos, aunque siempre hay que hacer un trabajo de desmalezar y quedarse con aquellos portales que valen la pena por su rigor.

Pero antes que internet, en esto lo que nos ayudó más fue hablar con familiares, amigos y amigas sobre su alimentación y aprender sus recetas.

En cuanto a semillas, siempre que se pueda, intentamos obtenerlas de los propios frutos que consumimos

Con quienes más aprendimos fueron amigos y amigas vegetarianos, veganos y crudiveganos, por un lado, y celiacos e hipertensos, por otro. Todas estas amistades tienen en común que o por decisión personal o por razones de salud, cada día desafían con creatividad, experimentación y autogestión la dieta repetitiva con la que crecemos la mayoría de las personas en nuestra cultura alimentaria.

En medio de una cultura que idolatra a la carne, la harina de trigo y los lácteos, intentar hacer un menú semanal por fuera de estos ingredientes es un desafío que puede quebrar a cualquiera. Con ellos y ellas aprendimos a ampliar las opciones, combinaciones y matrices con la comida.

Kavuré, una receta que trajimos del norte del país. Mandioca rallada, queso y horno.

Todo lo que veníamos haciendo todavía se fortaleció más cuando empezamos a ensayar algunas estrategias cotidianas en la cocina, como cocinar grande y congelar una parte para otro día; procesar las hortalizas de tal forma a que nos permitiera comprar en gran cantidad y guardarla para disponer de ella en todo el tiempo; e incorporar alimentos locales como la mandioca, batata, zapallos, porotos dentro de nuestro menú semanal. Y esto último no solamente como týra (acompañante: en guaraní) de las comidas principales, sino como ingredientes centrales de distintas sopas, guisos, tartas y ensaladas.

Aprender a hacer pan fue otro de los pasos seguros hacia un salto de calidad, porque es uno de los alimentos que diariamente más se consume y a la vez está muy desvirtuado por la supermercadización que sufrió su forma de elaborar en las últimas décadas.

Ya hacíamos masa para pizza y panes rústicos desde casi un principio de nuestro proceso, pero llegó un día -hace dos años- que decidimos que ya no íbamos a comprar pan del supermercado y que entonces teníamos que hacerlo en casa.

Somos super pizzeros, y en casa salen pizzas exquisitas. La masa y la salsa se preparan en casa

Lo que automáticamente pensamos fue comprar uno de esos electrodomésticos parecidos a lavarropas, pero que en vez de ropa y jabón, se le carga los ingredientes par el pan y uno se va a dormir. Y al despertarse, encuentra pan caliente listo. Empezamos a ver y comparar los precios de varios de ellos.

En medio de eso nos encontramos pensando que la solución que estábamos proponiendo era muy parecida en su lógica a la del supermercado, donde íbamos a transferir todo esfuerzo a una máquina y donde ese pan casero resultante iba a perder todo su espíritu (que nace del hecho de hacerlo a mano, de pegotearse, salpicar toda la cocina, sentir, oler y experimentar lúdicamente con la masa).

Entonces dijimos que no íbamos a comprar la máquina, nos pusimos las pilas y empezamos a amasar, a ensuciar la casa, a doblarnos la espalda para lograr punto y perder esa sensación idílica que muchas veces tenemos de las cosas y las comidas por culpa de internet.

Lo concreto es que logramos un buen pan, mucho más rico, tierno y saludable que el del súper. Pero todavía queríamos mejorarlo. Entonces decidimos hacer una acción arriesgada y escribimos a la que consideramos una de las mejores y más nobles panaderías del país contándole nuestro proceso y nuestra intención de hacer un mejor pan para la casa y para las chicas. Y nos dijo que sí. Y durante dos semanas trabajé como cualquier panadero en una pasantía que me hizo respetar el oficio y aprender una cantidad de principios y técnicas que permiten que hoy humee el mejor pan del barrio en nuestra propia mesa y que nuestras hijas prefieran comerlo antes que cualquier otro.

Nuestro propio pan

Lo que logramos en estos años forma parte de nuestra experiencia, una sola, y evidentemente cada persona o familia tiene el derecho de buscar la suya propia. De nuestra experiencia aprendimos demasiadas cosas, una de ellas es que comer mejor implica sacrificio y es progresivo, como cualquier cosa que valga la pena en la vida.

Otra de las cosas que aprendimos es que el hábito alimenticio es una adquisición cultural, es decir que las personas lo vamos incorporando, educando, hasta que forma parte de prácticas rutinarias. Y que en esa educación hoy en día tienen influencias preponderantes las industrias de la carne, de los lácteos, de las harinas, de las bebidas azucaradas y alcohólicas y los supermercados.

Creemos que logramos algo que, además, está coronado por el paso de nuestra hija mayor –de seis años- de una dieta triangular de fideo quesú, arroz y leche a devorar todo alimento que se le pusiera en frente; de que su alimentación y su peso sean un tema frustrante a disfrutar la comida codo a codo con ella. Nuestra segunda hija, de dos años, vino en un momento de transición de hábitos alimentarios y se sumó con naturalidad. Hoy ambas comen una diversidad de alimentos que sorprendería a cualquiera.

Con Victoria, la mayor, aprendimos (y seguimos aprendiendo) que cada ser humano tiene su proceso, y lo peor es forzarles a comer

Pero antes, por mucho tiempo visitamos a renombrados nutricionistas y reiteradamente salimos de sus consultorios con dos cosas, desilusión y una receta médica: en su mayoría el nombre de un suplemento nutricional que tiene como base la soja y una cantidad de conservantes.

Rechazamos esta salida y replanteamos las cosas, decidimos dejar de perseguirle con la cuchara para que comiera y empezamos a sentarnos a la mesa a disfrutar papá y mamá de las comidas, decidimos esmerarnos en la forma de presentar los alimentos y tratamos de ofrecer la mayor cantidad de ellos y así ampliar el hábito alimentario de nuestras hijas y la inscribimos a clases de baile para que haga ejercicios físicos.

Todas estas estrategias juntas permiten que hoy las cuatro personas en casa nos sentemos a la mesa y disfrutemos uno de los placeres más grandes que tenemos. Quien lavará los cubiertos sucios hoy…es otra cosa.

 

 

 

 

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